He hallado un artículo relacionado con el “ámbar” fechado en julio de 2008 que me ha parecido muy interesante y que en su día me pasó desapercibido.
Un equipo de investigadores del Instituto Geológico y Minero de España descubrieron en el entorno de la cueva de El Soplao, cerca de la localidad cántabra de Rábago, un yacimiento de ámbar con insectos del Cretácico desconocidos hasta entonces y con un estado de conservación excelente.

María Najarro, Enrique Peñalver e Idoia Rosales fueron los autores de este hallazgo, quienes explicaron que presentaba una acumulación de masas de ámbar “excepcional”, y que son muy escasos los yacimientos de este periodo, que existen en el mundo.

Además de pequeñas moscas, avispas, arañas, chinches, cucarachas y mosquitos (chupadores de sangre que succionaban a los dinosaurios), el ámbar de El Soplao, encierra una tela de araña distinta de la que ya se había descrito en un yacimiento de Teruel y que despertó un gran interés entre los científicos. También contiene restos fósiles de coníferas y el fragmento de ámbar azul más antiguo que se ha sido descubierto.

Este descubrimiento excepcional permitirá profundizar en los estudios e investigaciones de los ecosistemas de la era de los dinosaurios, a varias generaciones de paleontólogos.
Desde tiempos prehistóricos el ámbar se ha utilizado como objeto de adorno y de culto.

El ámbar es quizás la sustancia más antigua usada por los seres humanos para la fabricación de joyería.

Esta resina fósil de color amarillo, dura y aromática actúa como calmante sobre todo en situaciones de stress y promueve la memoria, por lo cual resulta muy beneficiosa frente a exámenes. Se dice que tiene una función protectora, previniendo las energías nocivas, purificando el espíritu y equilibrando los campos energéticos.

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