A las puertas de un nuevo año, debemos proveernos de la nueva agenda que se convertirá en nuestra compañera inseparable ayudándonos a medir el tiempo, y los plazos que destinemos a nuestras actividades profesionales y privadas. De la mano de la agenda y el calendario inflexible iremos organizando nuestro tiempo para que nada quede a la suerte de la improvisación.
A pesar de los avances tecnológicos e informáticos que nos ofrecen toda una serie de aparatos electrónicos, son muchas las personas que prefieren las agendas clásicas con escritos y anotaciones manuales que les confieren un carácter más personalizado.
La agenda distribuye los días del año en un calendario de doce meses desde la época romana, aunque al principio contaba solamente con sólo diez meses, el rey romano Numa Pompilio introdujo los meses de enero y febrero. El año comenzaba en el mes de marzo, en honor a “Marte” el dios de la guerra, abril se le llamó “Apru” diosa etrusca de fertilidad, mayo en honor a “Maia” la diosa de la primavera, junio en honor a “Juno” esposa de Júpiter y diosa del matrimonio.
Durante el mandato de Julio César, Quinctilis fue cambiado por julio y más tarde el emperador Augusto cambió Sextilis por agosto y le siguieron septiembris, octobris, noviembris y decembris.
Julio César instauró el calendario juliano de 365 días en el año 46 A.C hasta que en 1582 el Papa Gregorio XIII lo sustituyó por el Gregoriano a partir de los estudios realizados en la Universidad de Salamanca los años 1515 y 1578 que determinaron con gran precisión, que la duración de un año eran 365,2425 días calculando un error de adelantamiento de 26 segundos cada año que supondría hacer un ajuste de un día cada 3300 años.
En el año 4.882 los impresores de agendas deberán recordar que tienen que imprimir una hoja de diario menos.
¿Alguien se acordará de anotarlo en su agenda en el año 4881?
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